Seis puntos para entender el balotaje presidencial en Brasil

Este domingo se llevará a cabo la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil. A continuación, las principales incógnitas del balotaje que enfrentará a Jair Bolsonaro y Fernando Haddad:

Los últimos sondeos predicen una victoria muy cómoda del diputado del Partido Social Liberal (PSL) Bolsonaro, con 59% de votos frente al 41% de Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT).

El PSL, insignificante antes de la primera vuelta del 7 de octubre, se convirtió en la segunda fuerza de la Cámara de Diputados y podría convertirse en la primera, con la adhesión a su bancada de pequeños partidos.

Si Bolsonaro triunfa, el país más grande América Latina elegirá por primera vez a un presidente de extrema derecha, admirador de la dictadura militar (1964-1985).

Parece extremadamente improbable que el PT gane una quinta elección presidencial consecutiva. A no ser que se produzca un giro repentino en esta última semana de una campaña que ha estado llena de sobresaltos.

La candidatura del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva - encarcelado por corrupción- fue invalidada y su sustituto, Fernando Haddad, exalcalde de Sao Paulo, logró acceder a la segunda ronda pese a haber tenido menos de un mes de campaña. Pero ahora tiene una desventaja de 19 puntos en las encuestas y una tasa de rechazo que no para de crecer.

Lula, quien era el gran favorito a pesar de estar encarcelado por corrupción desde abril, finalmente fue expulsado de la carrera presidencial el 1º de septiembre, después de meses de giros políticos y judiciales.

La incertidumbre en torno a su candidatura hizo que la carrera fuera la más incierta de los tiempos modernos de Brasil.

Además, Bolsonaro, el candidato que se convirtió en el favorito tras la primera vuelta, estuvo a punto de morir luego de ser apuñalado en el abdomen el 6 de septiembre. Estuvo hospitalizado por tres semanas.

Enorme. Las informaciones falsas han arrasado en las redes sociales. Bolsonaro ha llevado a cabo la mayor parte de su campaña en Facebook, Instagram y Twitter, donde tiene más de 14 millones de seguidores.

Se negó a enfrentarse a Haddad durante los seis debates televisados inicialmente previstos durante la campaña de la segunda vuelta, invocando “razones médicas”, después del ataque, pero también por “razones estratégicas”.

Días antes de la segunda vuelta, el PT denunció a Bolsonaro ante la justicia electoral de montar una “organización criminal” con “dinero sucio” para transmitir miles de informaciones falsas en WhatsApp, sistema de mensajería de texto que cuenta con 120 millones de usuarios en Brasil.

El partido de Haddad ha pedido la descalificación de Bolsonaro en el Tribunal Supremo Electoral (TSE), que debería pronunciarse después de la elección, con una posibilidad de anularla, si acepta la denuncia. Por ahora, solo abrió una investigación.

La llegada al poder de Bolsonaro les resultaría aceptable, pese a que el propio candidato ha confesado su poco conocimiento sobre economía.

Bolsonaro ya nombró a su “súper ministro de Economía”, Paulo Guedes, un “Chicago boy” ultraliberal, que tranquiliza a los inversores.

Los mercados están a la expectativa de la rápida implementación de una serie de reformas. Pero esperarán hasta que Bolsonaro muestre su compromiso con la reforma de pensiones -considerada crucial- o la reforma tributaria, sobre las que no ha mantenido una postura clara.

También apuestan por el lanzamiento de un plan de privatizaciones.

Los inversores no quieren el regreso de la izquierda con una victoria de Haddad, pues el candidato no se ha comprometido con reformas para sanear las cuentas públicas.

Dar un gran impulso, mediante reformas de austeridad, a una economía que no termina de arrancar tras dos años de recesión histórica (2015-2016) y que tiene casi 13 millones de desempleados. También deberá intentar disminuir la criminalidad, en un país que batió un récord de homicidios en 2017 con 63.880 casos, lo que constituye una de las principales preocupaciones de los brasileños junto a la salud, la educación y la vivienda, sectores que carecen de infraestructuras y recursos.

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